Reflexiones


¡El cura de mi pueblo!


¡El cura de mi pueblo!

¿Se acuerdan de don Justo? Se trata del cura de mi pueblo. Cada vez que yo iba de visita a mi pueblo de Galicia, me pedía dinero para reparar la iglesia, argumentando que cuando llegó a la parroquia hace más de 44 años venía con la intención de cambiar a la gente, y en su ocaso ya sólo se conformaba con cambiar la iglesia. Inspirado en eso decidí, en su oportunidad, donarle los derechos del primer libro que publiqué, y al cual lógicamente le puse por título: El cura de mi pueblo quiere arreglar la iglesia. Lo que nunca me imaginé es que con lo recaudado y recibido por don Justo (con su gran capacidad para hacer rendir el dinero), terminase la iglesia de mi humilde pueblo compitiendo con las grandes catedrales.

(*) Extracto del capitulo: «¡El cura de mi pueblo!» del libro «Querer volver»


Carta a un hijo que emigró

Carta a un hijo que emigró

Hijo, recibí la carta que me escribiste, y no quisiera pasar más tiempo sin respondértela. Para mí también es muy duro tenerte en el corazón, y no entre mis brazos, y soñar contigo pero despertarme sin ti. Sólo ahora que tomaste la decisión de irte del país entiendo clara-mente esa felicidad que teníamos cuando estábamos juntos. Pero los hijos no nos pertenecen. Hay que disfrutarlos mientras se tienen al lado, y dejarlos ir cuando lo requieran, aunque ello sea muy triste. Tú tomaste una importante decisión en tu vida: emigrar, y para eso se necesita ser muy valiente, ya que es muy duro apartarte de tu país, tu familia, tus amigos, tus lugares; y por eso te admiro profunda-mente. ¡Hasta el día que decidiste irte te di el presente, pero ahora tú vas a darte el futuro! Tú te mereces más, y no debes conformarte con menos, a pesar de que estás asumiendo un gran riesgo. Pero déjame darte un consejo: el mayor riesgo en la vida es no asumir precisamente riesgos.

(*) Extracto del capitulo: «Carta a un hijo que emigró» del libro “Querer Volver”


¡ Qué papel de baño !

«Carlos, la codicia es maravillosa cuando es nuestra sierva, no nuestra maestra»

¡ Qué papel de baño !

La miré un poco avergonzado y regresé al baño. Me lavé las manos y los brazos tratando de sacarme el perfume de mujer. Busqué la toalla y vi varias de diferentes tamaños. ¿Por qué tantas? ¿Será que usa una cada día y las va rotando? Pero no tenía mucha lógica, ya que unas eran más grandes que otras. Yo como muchacho bien educado, agarré la más pequeña, por aquello de ensuciar lo menos posible. Esa toalla no limpiaba; ¡acariciaba! Al ponerla en su sitio, observé un tubo que la mantenía calentita. Y nosotros en la pensión, que colgábamos la toalla del tubo de la cortina de plástico mientras nos cepillábamos los dientes; y después la amarrábamos a la cintura para ir a la habitación. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que tenían bordadas dos letras. ¿Por qué será?, pensé por un rato. ¡Caramba, eran sus iniciales! ¿Pero, para qué querrán las iniciales si aquí solo viven ellos?, me dije para mis adentros. Quizás en la pensión donde yo vivía se justificaba, pues éramos muchos y cada uno tenía que llevar su propia toalla; pero aquí, qué sentido tenía. ¡Qué cosas tiene la gente rica!

(*) Extracto del capitulo ¡Qué papel de baño! del libro “Cartas a un hijo”

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